|
CAPITULO UNO LOS PAPÁS SEÑORES Copyright©2001 |
Página principal | |
| Elenco | ||
| Capítulo Cero | ||
| Capítulo Dos | ||
| Capítulo Tres | ||
| Capítulo Cuatro | ||
| Capítulo Cinco | ||
| Capítulo Seis | ||
| Capítulo Siete | ||
| Capítulo Ocho | ||
| Capítulo Nueve | ||
|
La historia de Magüita comienza, lógicamente y como toda historia, en su principio, es decir, en el momento de su nacimiento. Claro que hoy en día, pero en realidad desde hace mucho tiempo, hay una gran polémica sobre cuándo empieza la existencia de un ser, y por qué el aborto constituye o nó un crimen. No es este el sitio para tomar partido al respecto, y entrar a definir en qué momento preciso del tiempo debería comenzar esta historia, si el día en que Magüita vio por primera vez la luz del mundo (o el mundo tuvo la suficiente luz para verla), o el día en que Magüita fue concebida, en lo que imaginamos fue un verdadero rapto de amor y pasión de sus progenitores. Respetémosles su intimidad y aceptemos, en gracia de discusión, y para hacer las cosas mas claras y evidentes, que Magüita comenzó a hacer historia el día en que nació. Dicho de otra forma, que la historia de Magüita fue algo que empezó en un cierto, preciso y bien definido día del Siglo XIX. Pero como toda historia que se respete, esta también tiene su pedazo de pre-historia, es decir, el relato de los hechos y aconteceres que llevaron a hacer de la historia de Magüita el motivo de este libro. Y esta pre-historia comienza mucho antes del nacimiento de Magüita. Después de algunas investigaciones de escritorio, se ha llegado a la conclusión de que quien se conoció posteriormente como el Gran Papá Señor de Magüita recibió el flechazo de Cupido a los 22 años, cuando se encontraba de viaje por España. Todo esto ocurrió, naturalmente, en el Siglo XIX. Cómo se sabe esto? Por un precioso diario que el citado caballero escribió muchos años después. Por ello, es importante aclarar que él (que en el mundo real se llamaba Enesto Cortizos) contrajo matrimonio, poco después de recibir el flechazo de Cupido, con doña Ismenia Bush, dama inglesa muy distinguida, lo cual, Dios me libre, no quiero poner en duda, en forma alguna. Dicha unión, por las informaciones que se han logrado obtener de cuentos familiares, fue relativamente feliz hasta su fin, a pesar de las jaquecas y otros achaques de doña Ismenia, las cuales parece que sacaban un poco de quicio a don Enesto. De este matrimonio hubo cuatro hijas, a las cuales mencionaremos en desorden cronológico, para evitar posibles reclamos sobre cual de ellas era menor o mayor, punto este que tratándose de la edad de las mujeres, reviste mucha importancia:
|
|
|
Aparte de lo anterior, quizás resulte interesante hacer notar que el buen Gran Papá Señor, en momentos en que era feliz y próspero poseedor de una mas o menos prestigiosa casa de comercio en Londres, lo cual le daba además la oportunidad de hacerse pasar por un distinguido londinense, dadas sus frecuentes visitas a la City, recibió el muy honroso pero no menos desastroso encargo de trasladarse a Washington para representar a Colombia en las negociaciones referentes a la compensación que los Estados Unidos deberían dar al país por el negocio de Panamá. Nuestro pobre Gran Papá Señor no tuvo mas remedio que acatar la solicitud del General Reyes y trasladarse a la capital americana con su señora y uno que otro joto. No en calidad de joto, sino como asistente personal, el Gran Papá Señor trasteó tambien a Porfirio Gutierrez, el marido de su hija Ismenia, quien no solamente estaba acostumbrado a los trámites burocráticos, sino que tambien era buen conversador, y le sería util para enviarlo a almuerzos y reuniones que él no quisiera ir. Y Porfirio fue un éxito en Washington, si bien tampoco logró concretar absolutamente nada. Washington ha sido una linda ciudad y en realidad se cuenta entre las mas bellas del mundo. Tiene un trazado y un sistema de numeración de las calles bastante interesante. Además cuenta con bellos monumentos, entre los cuales destacan el Obelisco en honor de George Washington, los monumentos en honor de Lincoln y de Jefferson, el Capitolio y la Casa Blanca. Cuenta con lindos puentes que atraviesan el Rio Potomac, y con algo que es verdaderamente digno de ser comentado y visitado: el museo Smithonian, dividido en varias ramas y especialidades. Desafortunadamente, como acontece en otras partes (Bogotá es un buen ejemplo de ello) el sistema de calles originalmente planeado y fácil de entender se ha venido haciendo cada día mas confuso, dado el crecimiento de la ciudad y la aparición de diagonales, avenidas y vías de otro tipo, por lo cual a veces resulta casi imposible encontrar algunas direcciones. Pero lo que mas ha afectado a Washington es la manera desaforada como los negros se multiplican: hoy en día son mayoría, y con seguridad cada día tendrán mayor preponderancia. Menos mal que en la época en que el Gran Papá Señor vivió en Washington las gentes de color eran minoría, o de lo contrario doña Ismenia, su señora, la hubiera pasado mal, pues no le gustaban para nada. En cuanto al traslado de la pareja de Londres a los Estados Unidos se ha podido determinar con alguna precisión que llevaban la friolera de 50 piezas de equipaje compuestas primordialmente de diversos tipos de baules, desde grandes hasta pequeños, cajitas de cuero, necessaires de toda clase, sombrereras, tubos para paraguas, cajas para guardar las cajitas de las joyas, las cajitas de pinturas, las crinolinas, los cuellos duros y otras prendas, y así sucesivamente. Naturalmente que como se viajaba por barco y tren no había mayor problema de exceso de equipaje (que tal en estos tiempos? El exceso de equipaje hubiera resultado matador!). Y todo ello requería no solamente de un inventario detallado, sino de alguien muy versado que se encargara de verificarlo. Y ni que decir la aduana: gracias a Dios el Gran Papá Señor tenía pasaporte diplomático, y pasaba por todos los puestos de control como por entre un tubo. De lo contrario el tiempo requerido para el examen de tal cantidad de bultos podría explicar realmente por qué los viajes tomaban tanto tiempo en ese entonces. |
|
Para volver al cuento (no crean que ya vamos a entrar a la historia de Magüita) al Gran Papá Señor le fue mas bien bastante mal en Washington, por no decir que pésimo! Tenía suficientes credenciales para contar con acceso directo y casi que inmediato al Presidente Roosevelt, cosa que utilizó frecuentemente, y contaba con varios funcionarios en el Departamento de Estado que se habían hecho amigos suyos, y que le servían de interlocutores frecuentes. Sin embargo, la táctica empleada por los americanos era entonces, como lo es todavía, la de dilatar y empantanar cualquier respuesta, bajo las disculpas mas baladíes. A principios de año, recién llegado a Washington, se le garantizó al Gran Papá Señor que el asunto seria de pocas semanas. A mitad de año se le dijo que si se aceptaban ciertas condiciones y una suma inferior a la pedida inicialmente, la cosa se resolvería en quince días. Habiendo consultado con el Gobierno en Bogotá, y habiendo enviado la correspondiente aceptación debidamente acreditada, al Gran Papá Señor se le informó que habían surgido algunos inconvenientes y dificultades de última hora. Se le hizo viajar varias veces a Nueva York a entrevistarse con determinados funcionarios, y urgentemente de regreso a Washington a discutir temas urgentes. Se le incumplieron varias de estas citas. Y saben ustedes que pasó? Terminó el año, y nada! Nada! Y nada!, como cuando el pescado se acerca a la pescada. Como sería la situación, que al finalizar el año, el Gran Papá Señor consignó en su diario estas palabras (que transcribo textualmente): "Año de grandes ansiedades y afanes! Se termina. Dios mío: dadme fé, esperanza, confianza, dirección y enseñanza. Ayuda a mis seres queridos. Gracias por todas nuestras bendiciones!" Terminó el gobierno de Roosevelt, se inició el de Taft, y don Enesto se volvió definitivamente a Londres, totalmente frustrado! Perdió parte de su fortuna, al haberse visto obligado a abandonar parcialmente su firma londinense y tener que aceptar las decisiones, no siempre muy justas, de sus socios. Pero pudo disfrutar de una serie de cenas y almuerzos magníficos ofrecidos por personajes de ese mundo diplomático y burocrático en que se movió en los Estados Unidos. Y a pesar de la naturaleza solemne y encumbrada de su misión, dejó consignado en su diario, en la mayoría de las oportunidades, comentarios sobre las cenas o almuerzos tales como: "linda la vajilla, con borde dorado", o "excelente la salsa de los filetes, creo que tenía gengibre", o "me gustaba mas el porto que tomaba en Londres que el que nos dieron esta noche, quien sabe de donde lo sacaron", o "Mrs. Smith estaba espléndida, realmente su marido debe estar encantado con ella". No sigamos escudriñando ese diario, pero si alguien quiere mas detalles, espere a ver si me animo a publicarlo. Menos mal que don Enesto tuvo algunas compensaciones dentro de ese mar de incertidumbre y relativa soledad. El buen señor pudo igualmente asistir a muchas piezas de teatro, entre las cuales destacó algunas en que participaba Sarah Bernhardt (dados sus frecuentes comentarios al respecto, parece que le encantaba; yo francamente la encuentro poco atractiva, pero parece que si era muy buena intérprete), y a funciones musicales con gente de la talla de Caruso. Y además se volvió adicto de Atlantic City, una ciudad balneario cercana a Washington, que en la actualidad constituye uno de los principales centros de juego de Estados Unidos, pero que para la época en que el Gran Papá Señor la visitaba apenas disponía de dos hoteles de primera categoría (el Sea View era el preferido) y de un malecón en madera de dos kilómetros y medio de largo, por el cual la "gente bien" se paseaba con gran garbo. Aun cuando no había ni casinos ni hoteles con grandes shows. A pesar de que hay mejores playas (como por ejemplo la de Virginia Beach, que queda mas cerca aún de Washington) a dicha ciudad él se dirigía cada vez que su trabajo le daba un respiro. Igualmente se volvió cliente habitual del Waldorf Astoria a donde se alojaba cada vez que tenia que ir a Nueva York. Razón tenia, y en eso estoy totalmente de acuerdo con él, pues no hay como las cosas buenas! Le gustaba caminar por Park Avenue, visitar el Central Park, y hacer algunas compras en Bloomingdale's. Nunca visitó el Empire State Building, por cuanto aún no había sido construido. Y también disfrutaba con la buena mesa, la buena comida y bebida, y el buen servicio: todo ello fue elogiado, en el diario o en conversaciones privadas, en muchas oportunidades. |
|
Superada esta etapa narrativa sobre don Enesto, el padre de doña Margarita, odemos retomar el tema de su marido. En mi concepto es interesante hacer ver que don Sinforozo era todo un caballero bogotano (sin duda alguna como lo eran sus concuñados), pero tenia algo especial. Y ese algo especial, a mi modo de ver, era el hecho de ser mi abuelo! Y realmente, un abuelo muy especial, hasta el punto de que tan pronto pudimos modular palabra, mis primos y yo recibimos la indicación, suave pero enfática, de que deberíamos llamarlo Papá Señor. Y así lo hicimos. Tanto el hecho de que era mi abuelo como aquel de que era un caballero me llenan de orgullo, y me da a mí, lo mismo que a cualquier otro que se atreva a escribir sobre él, el derecho a ser pródigo en elogios. No faltaría mas el que nos fueramos a limitar en hablar bien del abuelo. Y en esta actitud que he adoptado estoy seguro que ustedes están de acuerdo conmigo. Aclaro que lo de Papá Señor no tiene nada que ver con la tradición santandereana de llamar así a los abuelos. No olvidemos que había en la familia, como se verá después, una influencia inglesa muy grande, y lo de Papá Señor corresponde mas bien a una traducción muy poco literal del cariñoso apelativo inglés de "Grand Papa", tan usado por algunas familias, y el cual a su vez se originó, también en forma por demás liberal, en el "Grand Father" y el "Grand Daddy" tan utilizado por los sajones. Nosotros los nietos de este Papá Señor fuimos pues muy respetuosos y nunca nos atrevimos (en los poquisimos años que tuvimos el gusto y privilegio de estar con él, y de dejar que nos consintiera) a dirigirnos a él con apelativos como Panhe y Manhe, de origen brasilero (se pronuncia pañe y mañe) con el cual nos llamaban nuestros nietos a mi mujer y a mí, o con el de "Guaguá", con el que mis hijas llamaban a su abuela paterna. De los niños de ahora el único que ha resultado realmente bien educado es el nieto de mi primo, a quien bautizaron con el familiar y honroso nombre de Sinforozo, y que lo llama "Abuelo", posiblemente influenciado por la seriedad de su madre y de la madre de esta. El Papá Señor, según me contaba mi mamá, todas las noches al despedirme me decía: "Hasta mañana a las ocho, a comer bizcocho". Se trata de un comentario anodino, porque además yo estaba muy chiquito para comer bizcochos, los cuales eran llenos de crema Chantilly, que Paulina Gracia en su pastelería estaba poniendo de moda en Bogotá. Pero el propósito de este párrafo no es hablar de comida, sino dar un nuevo enfoque a la narración para mencionar que este distinguido caballero bogotano, cuando tenia alrededor de veinte años y, hay que decirlo, muchísimos bienes de fortuna, tuvo el desacierto de ir donde el médico, no sabemos si porque se sentía mal, o porque era amigo del profesional o porque .... La razón es lo de menos! El hecho es que fue y se hizo examinar, con tan mala suerte para todos sus herederos (actualmente mis primos y yo) que el citado médico le encontró un soplo en el corazón. En verdad, la historia de Magüita, como muchas otras cosas en su vida y en la vida de muchas otras gentes, está llena de "SI ...." y en este caso se puede afirmar, sin temor a error, que si dicha visita se hubiera hecho a finales del Siglo XX, y el médico trabajara, por ejemplo, en la Clínica Shaio, el citado diagnóstico estaría muy probablemente basado en un electrocardiograma, a raíz del cual posiblemente se le hubiera hecho una prueba de esfuerzo, lo cual hubiera conducido a una angioplastía, y posteriormente a la colocación de un stent y un tratamiento en base a dieta, ejercicio controlado, reducción del colesterol, alguna medicación, y probablemente nada mas. Y en ningún caso habría dado al traste con la fortuna familiar, a no ser por el impacto que esa serie de tratamientos hubieran podido tener sobre las finanzas domésticas. Todo ello, naturalmente, hubiera podido ocurrir si el bueno de don Sinforozo no hubiera estado afiliado a una organización de medicina pre-pagada diferente al Instituto de Seguros Sociales, que no atiende a estos pacientes por estar casi quebrado. Pero no, la historia del soplo de nuestro querido don Sinforozo tuvo lugar en el Siglo XIX, cuando no existían ni la medicina pre-pagada ni los aparatos científicos antes mencionados, ni los médicos hematologos especializados en los Estados Unidos, que hoy en día abundan en las clínicas especializadas en asuntos del corazón (no en la parte romántica, sino en la parte puramente clínica). Y por ello, por ese detalle de tiempo totalmente equivocado (la bobadita de cien años, mal contados), los herederos de don Sinforozo estamos en lo que estamos. |
|
En efecto, con base en una especie de corneta de madera, puesto que los fonendoscopios no estaban muy bien inventados aún, el médico dio al traste con la fortuna familiar, simplemente al decirle a nuestro querido abuelo que le quedaban muy pocos años de vida, quizás apenas algunos meses, y que lo mejor que podía hacer era disfrutar lo mas posible de ese poco tiempo. Que bárbaro ese profesional! Que equivocación la de ese galeno! Que irresponsabilidad la de ese médico! Podría pensarse que se ganó el diploma en una rifa, como acontece con muchos de los conductores bogotanos de automóvil con respecto a la licencia de conducir! Gracias a Dios no sabemos su nombre (el del médico, y ojalá nunca lo sepamos), pues esto hubiera podido llevarnos a un pleito enorme contra sus herederos, por daños y perjuicios, o como dicen, por "lesión enorme". Porque el daño sí fue enorme! Ante semejante diagnóstico, don Sinforozo liquidó sus pertenencias, que eran muchas, obtuvo buen pago por las mismas, compró oro y algunas libras esterlinas, y se embarcó solo, mondo y lirondo, a Europa a gastarse la fortuna y después morirse, en ese exacto orden. Yo conocí a un ingeniero, poco ilustrado y poco viajado, que gerenciaba una empresa, la cual estaba afrontando un problema cuya solución técnica la Junta Directiva de la empresa sabia que se podría obtener en una determinada ciudad europea, y por ello dicha Junta autorizo al gerente para "viajar a Europa". Tan pronto la Junta terminó, el Gerente llamó a su secretaria y le pidió que le consiguiera "un pasaje a Europa", y que no le preguntara donde!. Y eso fue lo que hizo don Sinforozo: se fue a Europa, como la tal Europa fuera un barrio cualquiera. La historia de Magüita ya viene, no desesperen. Acuérdense simplemente que estamos en la pre-historia, y que ya habrá tiempo de ocuparnos de ella y de todas sus tragedias. Don Sinforozo disfrutó del viaje, el cual en esa época tomaba aproximadamente veinticinco días (con sus noches). Los vapores no eran lujosos, pues en realidad a América del Sur no llegaban los grandes barcos que hacían el tráfico EE.UU/Europa. Pero eran buenos y confortables, y había que tomarlos en el puerto venezolano de La Guaira. Afortunadamente en esa época no se habían inventado aún los movimientos de integración latino-americana, y por lo tanto los colombianos podíamos viajar a Venezuela sin necesidad de visa. Libertad esta que también se debía a que por ese entonces no se había generado aún un flujo continuo de servicio doméstico hacia el vecino país, ni tampoco había corrientes migratorias indeseables. Una vez cumplido el transito por territorio venezolano, lleno de complicaciones y sinsabores dado el incipiente desarrollo en que se encontraba el transporte terrestre y la falta de hoteles buenos en todo el trayecto, y habiendo pasado por el puerto de La Guaira sin darse mayor cuenta de sus características, por cuanto ya estaba oscureciendo y la ciudad tenía muy mala iluminación, don Sinforozo se embarcó y se dispuso a pasar los veinticinco días de viaje marítimo leyendo, descansando, y esperando que el soplo hiciera sus primeras manifestaciones amenazantes y posiblemente mortales. Por ello, fue parco en el comer y en el beber, y porque además detestaba la comida a base de productos del mar, que constituía una buena proporción de la dieta disponible en el vapor. La comida allí también contaba con tubérculos tales como arracacha, yuca y ñame, todo lo cual le caía como una patada a don Sinforozo. En realidad, parece que él perdió como cinco kilos en el trayecto, a pesar de que le encantaba tomar vino y licor, pero advertimos que solo en cantidad moderada. Cabe anotar que ante la gravedad del diagnóstico médico y para no precipitar los acontecimientos, resolvió mantener una cierta prudencia en el consumo alcohólico. Uno de los grandes errores de su vida, pues en el vapor sí había muy buenos vinos, y el precio era por demas moderado. |
|
Transcurrido el tiempo previsto, y habiendo aguantado una fuerte tormenta a la altura de las Azores, la cual causó incomodidades muy grandes y temores que llevaron a situaciones dramáticas por parte de la tripulación y el pasaje, el viaje finalmente terminó. Gracias a Dios terminó, pues cuatro de los pasajeros (que la mayor cantidad de agua que habían visto antes de emprender ese viaje era la contenida en un depósito para cría de patos que había en su hacienda de Anapoima) juraron nunca mas volverse a embarcar. Entre otras cosas, es bueno anotar que tres de ellos cumplieron el juramento y se quedaron definitivamente en Europa, y nunca mas supimos cosa alguna de ellos; el otro murió prematuramente al rodar por una escalera, una noche en que estaba algo pasado de copas, al salir del casino. En donde desembarcó don Sinforozo después de tan accidentado viaje? Aparte de saber que fue en Europa, pero sin precisar el puerto, creemos que ello poco interesa para esta historia. El hecho es que le tomó algunos días acostumbrarse a pisar tierra firme, y también le hizo cierta impresión tener que pagar por todo lo que consumía, pues en el barco estaba todo incluido, como en todo barco que se respete, excepto el trago como dijimos atrás. Hizo cuentas, calculó una suma adecuada de gasto diario por concepto de alojamiento, alimentación y sobre todo diversión, y teniendo en cuenta los recursos económicos de que disponía, llegó a la conclusión de que tal como estaban las cosas, lo mejor que podría suceder era que el médico se hubiera equivocado. Eso si, teniendo en cuenta la relativa inminencia de su deceso, asignó un mayor porcentaje aún mayor al renglón de "diversión", y uno menor al de "alimentación", no fuera que tuviera sobre-peso, lo cual es malo para la salud. En efecto, y con el pasar del tiempo, notó que no sentía ninguna molestia de tipo cardiaco, comía bien, dormía bien, y hacia otras cosas también bien. Resolvió pues hacer un plan de viaje, con el cual pudo visitar una buena parte de Europa. Si los conocimientos adquiridos en su desordenado periplo los hubiera puesto por escrito, habría podido publicar diversos tomos. Pero no, como muchos de los jóvenes de esa época, seguía haciendo lo que su corazón y su estómago le decían, y no lo que hubiera aconsejado la sensatez. Por nuestra parte, nos abstenemos de comentar las características urbanas y de otra naturaleza de las ciudades y regiones visitadas por don Sinforozo, pues esta publicación dejaría de ser "La historia de Magüita" y se convertiría mas bien en una guía turística. Y así pasó un buen tiempo, a través del cual notó que su salud no se deterioraba, y comprobó con bastante sorpresa y desagrado que a medida que su salud mejoraba, su fortuna empeoraba, es decir, sus haberes financieros estaban disminuyendo a marcha forzada. Y él no era tipo para ponerse a trabajar, ganarse la vida y extender su periplo europeo posiblemente en forma indefinida. No olvidemos que don Sinforozo era todo un caballero bogotano, y los caballeros bogotanos de esa época eran poco dados a trabajar para ganarse la vida. Por la información recogida después de juicioso estudio y de examinar diversas versiones dadas por sobrevivientes y herederos de gentes contemporáneas de don Sinforozo, he llegado a la conclusión de que dichos caballeros bogotanos eran mas que todo administradores, con haciendas que cuidaban unos encargados, con fortunas en los bancos que cuidaban unos banqueros, y con otras cosas que cuidaban otras gentes. Y ellos solamente astaban allí para disfrutarlas y beneficiarse de ellas. |
|
Así pues, nuestro querido Papá Señor comenzó a graduar sus haberes en forma directamente proporcional a la distancia que lo separaba de Londres, lugar en el cual la familia De la Cruz contaba con numerosos conocidos. El ya había visitado la ciudad varias veces, y había aprovechado dichas ocasiones para visitar el Parlamento, el palacio de Buckingham y sus dependencias, Picadilly Circus y la zona de los teatros, Covent Garden (aún cuando por esa época no había sido aún remodelado), y el museo de cera de Madame Tussout que acababa de ser abierto en un pequeño local. También había aprovechado dichas visitas para visitar otros sitios que tal vez es mejor no mencionar aquí, por cuanto esto lo pueden leer algún día niños pequeños que se estén iniciando en el arte y virtud de la lectura. Los mas grandecitos no van a aprender nada si describimos por donde anduvo don Sinforozo. En cualquier caso él estaba bastante familiarizado con la ciudad y con muchos conocidos de su familia, y fue así como resolvió instalarse modesta pero aparentosamente, a fin de esperar una solución a sus problemas económicos, la cual podría ser de muy diversa índole. Todo ello porque el famoso diagnóstico médico hasta el momento estaba probando estar errado, y el pobre don Sinforozo no se moría y se estaba quedando sin lo suficiente con qué vivir. Su situación era casi que desesperada, pero el buen señor aguantaba y pensaba y buscaba una solución a su problema. Y la solución la encontró precisamente en Kensington Road, una tarde en que estaba paseando con cara de mucha preocupación, y con las manos en el bolsillo, aún cuando esta postura se consideraba como muestra de mala educación. Lo que pasaba era que no sabia qué hacer ni con su futuro, ni con su vida, ni con sus manos. La solución llegó en la forma de dos chicas que venían por la misma acera, con algunas bolsas en la mano, y cada una de ellas con un lindo sombrero. Entre otras cosas, ninguno de sus vestidos tenía bolsillos, por lo cual y por tener que cargar las bolsas no podían guardar allí las manos. Una de ellas, la que venía por la derecha, mas cerca de la pared, era nada mas ni nada menos que Margarita Cortizos, (a quien todo el mundo llamaba ya de Magüita) y la otra era una de sus hermanas. Cual de ellas? Eso no tiene importancia alguna, pues de inmediato nuestro don Sinforozo vio la esperanza materializarse a través de alguna de las Cortizos, o inclusive de alguien relacionado con ellas. Por todo eso y aprovechando que la imaginación es rápida en moverlo a uno, se apresuró en hacer una leve reverencia, y en esbozar su mejor sonrisa, la cual fue de inmediato correspondida por Margarita, en forma mas rápida, mas espontánea y mas diciente que por la hermana que la acompañaba en ese momento. Y de allí en adelante la cosa fue relativamente fácil, casi como pan comido. Invitación a tomar el té en casa de las Cortizos para el sábado siguiente, y después a almorzar y a platicar y a caminar y a contemplar el parque y a descansar, y a otra serie de actividades, hasta que a los tres meses justos don Sinforozo pidió audiencia con don Enesto y después de varios rodeos, se lanzó al ruedo y pidió la mano de Magüita. |
|
Esto no causó mucha sorpresa en ninguno de los que estaban presentes, (y tampoco en los que estaban ausentes, y que se vinieron a enterar del asunto algún tiempo después), por cuanto ya todo estaba cocinado: Sinforozo había declarado su amor a Margarita una tarde en que iban de regreso a casa en el coche conducido por Mr. Whipitty; al llegar a su casa y una vez que Sinforozo se fue después de haberse quedado a comer, Magüita había hablado al respecto con sus hermanas Elvira e Ismenia, quienes le aconsejaron que hablara cuanto antes con su mamá, y esta a su vez se ofreció para hablar al día siguiente con don Enesto y explicarle la situación. Pero este fue el menos sorprendido, por cuanto Mr. Whipitty ya le había contado lo que estaba sucediendo y lo que había sucedido aquella tarde en el coche de regreso a casa. No es que Mr. Whipitty entendiera español: es que Emperatriz, la otra hermana que los había acompañado en el famoso paseo en coche, le contó al cochero lo que estaba sucediendo. Esto es parecido al correo de las brujas. La boda, para fortuna de Sinforozo, no se hizo esperar. Y vino acompañada de una oferta de empleo que le hizo don Enesto, para que trabajase en su casa de comercio, con un salario adecuado al rango y posición del candidato. Que hacia don Sinforozo en dicho establecimiento? Eso poco interesa, y en realidad nos da lo mismo que estuviese dedicado a labores contables o de relaciones públicas o a aspectos administrativos. Lo importante es que ese puesto fue la salvación de un buen señor que por error de un galeno bogotano perdió su fortuna y se encontraba al borde de la desesperación. Claro que mas que el puesto, lo que fue la salvación de don Sinforozo fue su matrimonio con doña Margarita. También lo importante es saber que en esos momentos todo lo relacionado con el corazón, excepto su pasión infinita por Margarita, había desaparecido de don Sinforozo. Es decir, estaba curado o mas bien quedaba comprobado que no sufría ninguna enfermedad mortal o que pusiera en peligro su vida en forma inmediata. Todo lo cual demostraba la inmensa metida de pata del médico que le hizo el diagnóstico, lo cual acabó con nuestra posible herencia. Pero dejemos la cantaleta, que aqui estamo hablando de otras cosas. También quedó comprobado que dicha metida de pata era un gran consuelo, por cuanto muchos años mas tarde se pudo comprobar que la combinación de la gran equivocación del médico y el muy oportuno encuentro de Sinforozo con las Cortizos le permitieron a este llegar a una vejez decorosa, en pleno ejercicio de sus facultades mentales, y rodeado del cariño y admiración inmensos de su amante esposa y de sus varios hijos, de los cuales nos ocuparemos en el siguiente capítulo. |
|
Fin
del Capitulo Uno: LOS PAPÁS SEÑORES
|
||
|
Para pasar
al siguiente:
|
|
Capítulo
Dos - Los
hermanos
|